
“Decir adiós”, dos palabras fáciles de pronunciar, pero difíciles de vivir.
Nunca he sido buena para despedirme y menos después de que mamá se fue al cielo. Es una de las situaciones que más me cuestan trabajo y aunque a pesar de los años he aprendido “un poquito” al final no es algo que me guste.
Es cierto que no existe una fórmula perfecta para despedirnos y que no duela, sin embargo me atrevería a decir que sí existen ciertas acciones a tomar, que ayudan a que el adiós sea un poco más tranquilo.
¿A qué acciones me refiero?
- Hacer lo mejor que puedas y disfrutar al máximo el tiempo con tus seres queridos.
- Vivir el aquí y el ahora, agradeciendo la oportunidad de estar juntos.
- Recordar que todos estamos aquí de paso y que lo único que tenemos seguro es la muerte.
- Limpiar agenda, es decir procurar estar paz con los demás a fin de que si algo ocurriera, no quedarnos con los “hubiera”.
- Tener presente que esta vez puede ser la última que nos veamos.
- Como dice el título de la película: Nunca te vayas sin decir te quiero.
Decir adiós siempre va a doler y dolerá porque amamos a esa persona, pero el dolor pasa y siempre vale la pena porque nos recuerda el amor que sentimos por alguien.
Hace quince días que te fuiste al cielo y si bien es cierto que la última vez que nos despedimos, pensé que habría una siguiente, hoy sé que la próxima será en el cielo donde seguro celebraremos comiendo las mejores berenjenas del mundo. Me quedo con los recuerdos, con tu amor, con ese siempre ser tan especial y detallista conmigo. Gracias por todo y tanto.