Una de las Mujeres de mi Vida

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A lo largo del camino vamos coincidiendo con muchas personas. Primero está nuestra familia, luego aparecen los amigos, compañeros de escuela, del trabajo, en fin. Unas personas se van, otras se quedan, pero todas nos dejan dos cosas: buenos momentos y aprendizaje.

En esta ocasión, estas líneas se las quiero dedicar a una de las mujeres de mi vida: mi abuela Lili, a quien a través de los años he visto con ojos muy diferentes y a quien he aprendido a amar y admirar.

De pequeña la veía como una mujer dedicada a su casa, excelente cocinera, no era la abuela más tierna del mundo, pero sí cariñosa (a su manera). Rezaba mucho e ir a misa era una de las actividades que podían faltar en su agenda. Incluso recuerdo un par de veces que cuando los nietos ya la traíamos harta y nos castigó rezando el Rosario en la cocina con ella.

Mi abue y yoHubo momentos en que me pareció débil, sumisa y frágil. Sin embargo, el tiempo me demostraría lo contrario. Cuando el abuelo enfermó, Lili se transformó. De ser la mujer que siempre estaba en casa, empezó a salir, a subir y bajar por la cuestión de los doctores. Sacó una fuerza, que seguro siempre tuvo, pero que estaba muy bien escondida. Se había vuelto una mujer independiente, eso sí siempre preocupada de su viejito a quien cuidó hasta que él se fue al Cielo.

Después vino otra faceta de la abuela. Yo juré que se moriría de la tristeza y se iría corriendo tras él, pero no fue así. Creo que es en esta etapa en la que más he “convivido” con ella. Debo admitir que estoy MUY lejos de ser la mejor de la nietas, sin embargo los instantes que hemos compartido han sido plenos, llenos de amor e inolvidables.

Hemos tenido pláticas muy buenas. Aún recuerdo un día que estábamos sentadas en la sala de su casa con mi comadre Gaby, quien me sugirió que tuviera un bebé aun sin estar casada y la abuela con toda naturalidad apoyó lo que la nieta mayor dijo. ¡Me sorprendió muchísimo escucharla! Ella, una mujer de principios del siglo pasado, super rezandera y apegada a lo que “debe ser”, ¡no lo podía creer!

En otra ocasión, me tocó escucharla recitar una serie de palabrotas que jamás imaginé que ni siquiera supiera. Claro que se le salieron todas porque tenía un dolor muy fuerte.

Ahora Lili ya tiene 95 años, su mente ya no está tan clara, a veces siento que me recuerda, otras veces no tiene idea quién soy. Físicamente se ve cansada y muy frágil, pero su corazón sigue latiendo. ¿Cuánto tiempo más? Sólo ÉL lo sabe.

Por mi parte, no tengo más que agradecer por haber conocido esta gran mujer, por tenerla como abuela, maestra y ejemplo de fortaleza.

Hoy es una vela que se está apagando, pero en mi corazón y en el de los que la conocimos esa luz siempre brillará.

¡Te quiero mucho abuelita!

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